A comienzos de la era cristiana, en ocasión de oficios religiosos
o mágicos, los indios de América del Norte fumaban en grandes
pipas de piedra o enrollando el tabaco en las hojas secas del maíz.
Los aborígenes de las Antillas los consideraban con propiedades
medicinales y tóxicas, siendo utilizadas para emponzoñar las
puntas de sus flechas de combate. Las virtudes terapéuticas que
se le atribuía, llevó a los conquistadores de la América hispánica
a trasladar las semillas para su cultivo al viejo continente a
principios del siglo XVI. Probablemente, quien más hizo por su
divulgación, fue el embajador francés en Portugal, Jean Nicot,
quien la introdujo en la corte de Catalina de Médicis. En su
homenaje, el botánico Jacques Deléchamp bautizó la planta con
el nombre de Herba
Nicotiana.
En Turquía, Amurath IV sometía a severos castigos, cortándoles
la nariz y los labios y aún a la pena de muerte a los que osaban
fumar. A pesar de todas estas medidas en algunos países, su uso
se extendió rápidamente, especialmente en Europa. El monopolio
de su comercialización llegó a constituirse en una importante
fuente de riqueza para muchos países. Hubo una diferente
utilización del tabaco según los países. Así, en España se
consumía preferentemente el cigarro, en Inglaterra la pipa y en
Francia el rapé, con tabaco en polvo. La difusión del consumo de
cigarrillos ocurre a partir de la participación de los ejércitos
europeos en la guerra de Crimea, donde estos adoptan de los
turcos, la costumbre de fumarlos.
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